«Érase una vez una reina, que no tenía ni corona, ni cetro y no había tenido nunca ni siquiera un reino.
Pero esta reina era especial: tenía unos ojos profundos llenos de amor, los labios entreabiertos listos para depositar caricias de sonidos y las manos dispuestas a donar cariño y dar consuelo.
Sus pechos eran promesas de leche y mimos. Su vientre era hermoso, grande, radiante como el sol en el cielo. En ella, en realidad, se estaba cumpliendo el grande proceso de amor que transformaría una “gota de Luna” en su amada criatura.
Para honrarla a ella y a su pequeño tesoro las mujeres cercanas a ella decidieron honorarla con una fiesta: el hada del bosque usó el preciado hilo de araña para tejerla un vestido cálido y ligero; la pequeña ciempiés, con amoroso cuidado, le peinó su cabellera real… Entre masajes y caricias, té y dulces, este círculo de mujeres concentró la energía necesaria para hacer un regalo de amor a esta reina, el cual podía ser utilizado en el maravilloso momento de su parto».
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